Entrevistes per la República ha dialogado con la escritora y periodista gastronómica Yanet Acosta

 

¿Yanet Acosta siempre ha sido una feminista convencida o ha tenido un punto de inflexión?

Viví en la ensoñación de aquellos años 90 del siglo XX en los que pensábamos que todo estaba ya conseguido. Vivía en la ensoñación de pensar que tenía acceso a la educación, cosa que ni mi madre ni mi abuela habían tenido, y no sólo estudiar en la universidad sino también trasladarme a estudiar a otro lugar y tener acceso laboral.

Pero llegó un momento clave que fue mi maternidad. Ya iba viendo que la cosa no era tal y cómo me la había imaginado porqué en el mundo laboral se veía quién avanzaba y quién no, quién subía y quién no. También veía mucha persecución, y lo digo tal cuál, persecución sobre las periodistas que tenían hijos. Se las arrinconaba y pensaba que podía ser algo puntual del sitio donde trabajaba, quizás de la persona que era el jefe en este momento. Era obvio que los jefes eran hombres y las redactoras éramos chicas, pero aún así todavía no me había quedado claro. Hasta que me llegó el golpe de gracia de la consciencia que es la maternidad, cuando se te cae encima el patriarcado con todo lo que pesa. Cuando descubres que no hay corresponsabilidad, que ya has pasado a un estado que es el de madre y que, a partir de ahí, se espera de ti un papel, se te juzga, no sólo familiarmente, sino socialmente, laboralmente, en todos los aspectos… Entonces, ahí empezó el batacazo y cuando empecé a darme cuenta de lo que sucedía. Entonces empecé a leer cosas que ya había leído, retomé a Simone de Beauvoir y a Virginia Woolf y otras lecturas más modernas, pero ya desde otro punto de vista, donde se tomaba en cuenta el contexto actual. Empecé a concienciarme de lo que era el patriarcado, el machismo, y todas estas palabras que para mí eran muy abstractas y que de repente las vives y las sientes.

Me ha sido útil todo el trabajo de muchas feministas y teóricas que han tratado este asunto (María Llopis, Nuria Varela, Amelia Valcárcel, Virginie Despentes, Mary Beard, Gayatri Spivak…) Porque por lo menos a mí me han dado bastantes herramientas de autoanálisis y me han servido para entender lo que me rodeaba y lo que me estaba pasando.

“Un momento clave fue mi maternidad. Ahí empezó el batacazo y empecé a darme cuenta de lo que sucedía.”

 

¿De la mano de quién construirías una República feminista? ¿Qué movimientos feministas son tus referentes?

Yo entiendo la vida a través de la literatura, más que de la política, y bebo de ella y de los movimientos con los que me siento más identificada. Son movimientos de mujeres creativas que denuncian y que sueñan con un Estado distinto, por lo menos con el intento de que sea más igualitario. He estado vinculada con movimientos de mujeres creadoras y sigo el trabajo de mucha gente a la que admiro cómo Paula Bonet, Laura Freixas, mi amiga Cristina Fallarás… Todas estas personas que están abriendo camino y exponiéndose mucho más que algunas de nosotras, que están en mil cosas, entre otras sobreviviendo que no es fácil. Me siento vinculada a todas ellas, a las actuales y a las pioneras, mujeres que son mi inspiración. Creo que tenemos que estar más cerca y entender más lo que nos rodea a través de la literatura.

“Entiendo la vida a través de la literatura, más que de la política.”

 

Entonces crees más en esas mujeres creativas que en la política…

¡En el fondo es una forma de política! ¿Por qué esta política de partidos? ¿Dónde vamos con esta dinámica?

 

¿No tienes esperanza que el Estado español avance hacia un Estado feminista con este nuevo gobierno progresista PSOE-Podemos?

¡Qué va! A ver, menos mal que hay algo un poco distinto y veo positivo el cambio. Me gusta que haya diálogo, que haya mucha gente distinta que se tenga que poner de acuerdo, porque esto es la vida ¿no? ¿Cómo vamos a estar todos de acuerdo en algo y hacer estas políticas unidireccionales de todos a la de una? Me parece interesante que haya varios grupos, partidos e ideologías distintas. Pero el problema es de raíz. La constitución de estos partidos políticos y la forma en que se eligen es hegemónica y una herencia de la propia estructura. Quizás por esto no me siento tan inspirada y me sale un poco de escepticismo. En el fondo, el cambio debe ser estructural.

 

¿Y en la alta gastronomía? De los 195 restaurantes españoles con estrellas Michelin, sólo 18 tienen cocinera al frente. ¿Hay quizás una exigencia superior sobre las mujeres en estos premios de alta cocina? ¿Es machista el mundo de la alta cocina en España? 

En España no, en el mundo. La alta cocina es un invento de hombres. Y la transformación va a costar. Siempre se preguntan ¿dónde están las mujeres en la alta cocina? Y hay que preguntarse otra cuestión. ¿Cuál ha sido el lugar de las mujeres en la gastronomía? El lugar de la mujer en la gastronomía ha sido fundamental.

“La alta cocina es un invento de hombres. El lugar de la mujer en la gastronomía ha sido fundamental.”

 

Hay muchas mujeres en los fogones. Y el 60% del alumnado de la hostelería son mujeres…

Claro. Estás hablando que en estos restaurantes con estrellas Michelin, las segundas de a bordo son mujeres. Y no se habla de ellas. Entonces es también una cuestión de cultura… Salimos menos y defendemos menos nuestras ideas. Son muchas cosas. Porque hemos mamado una cultura distinta y hay una sociedad que no nos facilita hacer determinadas cosas. Por ejemplo, el papel de la mujer en la gastronomía ha estado vinculado siempre al sostenimiento, a la supervivencia y a la creación culinaria. Pero cuidado, en el ámbito doméstico. ¿Es más relevante el ámbito público que el doméstico? Pues fíjate, ha supuesto un hito para la mujer alcanzar el ámbito público. La primera cafetería que una mujer podía ir sola o acompañada de una amiga a tomar un café, sin que la criticaran, fue en Lhardy, en el Madrid de finales del siglo XIX. Y de estatus económico muy alto.

El ámbito público siempre ha estado muy vetado a la mujer, pero el ámbito doméstico tiene una relevancia increíble. Por ejemplo, en mi trabajo como periodista gastronómica, llevo años reivindicándolo. Afortunadamente hay un grupo de mujeres periodistas que pensamos que la alta cocina no la representan los restaurantes y, aún menos los de la alta cocina, porqué es mucho más. Por ejemplo, Carmen Alcaraz, es una de las personas que desde siempre ha reivindicado el papel de las gastrónomas. También está el tema de que la historia siempre olvida a ciertas mujeres. La invención del baño maría fue invención de una mujer. El primer recetario monográfico que se hace de la patata, lo escribe una mujer. Podríamos nombrar muchas cosas más. Pero la historia también se concentra en cuatro. Ayer, leyendo la prensa, me quedé helada. Hablan de cosas que parecen de un periódico de los años 50 del siglo XX. Pienso que están anclados ahí y que no se dan cuenta de la realidad. Hablan de literatura y hablan de cuatro tíos, que son los mismos de siempre. Hasta puede parecer que la literatura la crearon ellos. Al final esta sociedad se va a aburrir de sí misma.

Actualmente, la gastronomía también es un terreno casposo y aburrido. Hablar de la alta cocina vuelve a ser de cuatro, sin tener los pies en el suelo. Porque con esta pandemia, que me estás contando sobre alta cocina… Háblame de lo que ha ocurrido, de cómo y porqué despareció la harina de los supermercados, de qué pasó con la levadura, de cómo tuvimos que afrontar la cocina diaria en nuestras casas… Pero solo se habló de estos restaurantes que se pusieron a hacer comida para llevar cómo si fuese una innovación.

Durante la pandemia me di cuenta de lo mucho que dependemos del supermercado. Es algo terrible. El supermercado, esto sí que es política… Te obligan a comprar lo que les de la gana y a unos precios que nada tienen que ver con lo que percibe el productor. La gastronomía y la compra son un trabajo de tiempo y gestión. Casi que lo de menos es cocinar, lo principal es conseguir el producto. Hay muchos supermercados, pero todos son iguales y te dan lo mismo. Pero este tipo de cuestiones parecen no interesar a la prensa tradicional. Afortunadamente, a través de las redes sociales están saliendo otros espacios. Pero me pregunto hasta cuándo van a mantener esta falacia. Cuando me hablas de gastronomía me vienen a la cabeza otras cosas. Esto pasa en literatura también y en otros ámbitos. Por ejemplo, en la revolución gastronómica que fue liderada por Ferrán Adrià y el Bulli, se vende una ruptura. Hay una ruptura con todo lo que hay detrás y empezó un camino nuevo. Esto pasa también en ciertas ocasiones en la literatura. Pero las mujeres no hablan casi nunca de ruptura. Por nuestra educación hablamos casi siempre de todas las mujeres que llevamos dentro. Es decir, no existo sin las mujeres que me han inspirado y me han dicho de alguna manera, ‘inténtalo, que puede ser que lo consigas’. Y ahí estamos con esto, tan complejo y sutil a la vez, que nos venden siempre de la misma manera. Muchas personas ni tan sólo son conscientes de esta realidad.

“El ámbito público siempre ha estado muy vetado a la mujer, pero el ámbito doméstico tiene una relevancia increíble.”

“Afortunadamente hay un grupo de mujeres periodistas que pensamos que la alta cocina no la representan los restaurantes.”

 

Ahora que nombra la revolución de Ferran Adrià. He visto que usted fue profesora de la cátedra Ferran Adrià y también directora y fundadora de la plataforma de formación The Foodie Studies. ¿Se potencia a través de la formación?

Primero di clases con la cátedra y la Universidad Camilo José Cela pero hoy las universidades todavía son unas estructuras que no están preparadas para este siglo. El caso es que a principios del XXI creo un curso gastronómico en la Universidad Complutense. Y había algo que me molestaba profundamente. Cuando empecé a hacer periodismo gastronómico sentía el rechazo del 90 por ciento de compañeros (hombres). En el cambio de siglo, en la gastronomía de vanguardia, se incrementa la demanda de información gastronómica. Nos incorporamos entonces muchas mujeres al periodismo gastronómico. Pero no como críticas, papel reservado a los hombres, sino como periodistas, redactoras, etc. Me molestaba mucho que constantemente nos dijesen que teníamos que leer mucho para poder opinar. Me planteé que, si no lo había, se necesitaba un curso gastronómico. Empecé por ahí. Pero llegó un momento en que esta estructura no nos permitía formar a gente como creíamos que se merecía. Y un grupo de periodistas gastronómicas formamos The Foodie Studies en 2013.

Desde este momento nos planteamos hacer un título propio en formato online. Fíjate las vueltas de la vida. En aquel momento todos decían que íbamos a fracasar pero decidimos que no tendríamos a señores que hablesen de lo bien que lo hacen sino personas que explicaran cómo lo hacen y cómo tu lo puedes hacer. Voy a contar lo que yo sé y lo comparto para que tú lo hagas mejor que yo. Como maestra, creo que este es el objetivo de la educación. Compartir lo que sabes para luego aprender de ello, buscar la retroalimentación.

Desde el inicio trabajamos con esta dinámica y, por supuesto, con mujeres. Porque no tenía sentido que el periodismo gastronómico se basara en cuatro hombres que te decían qué habían comido y dónde. ¿Esto a mí qué me aporta? ¿Dónde está el espíritu crítico, de verdad, qué realmente aporta tu mirada? Me hacía mucha gracia porque todo el mundo me decía “Yo estuve en El Bulli y ya me di cuenta que…” ¿Y dónde lo escribiste? Nadie lo escribió. Hasta que no salió publicado en The New York Times Magazine no se vio. En el año 2003, cuando se publicó que Ferran Adrià era el nuevo renovador de la cocina, que su trabajo era una “nueva nouvelle cuisine”, nadie aquí lo había dicho. Entonces algunos y algunas periodistas decidimos que era el momento de no vender cuentos y trabajar un periodismo gastronómico basado en un punto de vista crítico y una mirada más amplia y transversal, con gente de diferentes edades y procedencias.

“Me molestaba mucho que constantemente nos dijesen que teníamos que leer mucho para poder opinar.”

 “No tenía sentido que el periodismo gastronómico se basara en cuatro hombres que te decían qué habían comido y dónde.”

 

¿Entonces se dan quizás más casos de mansplaining en el mundo de cocina que en otros?

Creo que lo he vivido en todos los mundos. En la literatura… tremendo ¿En el periodismo? Ni se sabe. Y en la cocina, sin lugar a dudas. Es tremendo. ¿Por qué no estamos hablando de igual a igual? Vamos mal encaminados.

En los actos públicos es una cosa alucinante. ¿Por qué será? ¿no les da vergüenza? Ocurren cosas como que a Alicia Giménez-Bartlett, una escritora muy buena que lleva años escribiendo novela negra, nunca le han dado un premio. En una ocasión estábamos en un acto en Santa Cruz y éramos tres mujeres. Se termina el acto y empieza una ronda de preguntas. Tomó la palabra un señor para explicarle porqué ella estaba allí, la importancia de su marido… nos quedamos de piedra. Recuerdo ese día porque fue realmente vergonzoso. Muchas veces, las mujeres nos cohibimos en el espacio público y nos cuesta pedir el turno de palabra para hablar en primer lugar. Y esto espero que cambie. También en las redes sociales, porque aún sentimos que te la juegas, pues pueden hasta que te pongan un bot como a Cristina Fallarás. Y te estás jugando el tipo.

En la cocina el mansplaining aún es peor. En los congresos todos son hombres y todos han descubierto la pólvora. A partir de las crisis del 2012 hubo una serie de señores que quisieron volver a la tradición, a los guisos de cuchara. Si lo pruebas, su sabor no es tradición y la explicación es simple: la cadena de transmisión del saber culinario se rompió. En Tenerife pasó con el saber agrícola que el turismo rompió. Esta mañana hablaba con mi madre de que ya no se encuentra producto local, como cebolla, batata y otro tipo de cultivos. Lo que se encuentra es cultivo para exportar, cómo el plátano. Resiste el de la papa porqué sigue cotizando bastante.

Muchas veces se ha dicho que al incorporarse la mujer al mundo laboral, la cocina no sigue. Se la culpabiliza. Los hombres también tendrían que aprender de esta tradición. Pero esa transmisión ya no existe. Se supone que los grandes cocineros lo aprendieron de sus madres, pero tengo muchas dudas. Me cuesta mucho imaginarme a alguno de ellos cocinando al lado de su madre mañana, tarde y noche. ¿Saben el trabajo que supone preparar todas las comidas y conciliarlo con el cuidado de los niños día tras día? Hacen muy bien otras cosas, claro, pero que no vengan a contar qué es un guiso. Es mejor que no lo vistan de tradición.

Otro cosa, sin embargo, podría ser el de una cocinera catalana llamada Iolanda Bustos que recupera una tradición heredada de varias generaciones. Los sabores de sus recetas tienen algo de misterio. Pero ella no ocupará la portada de un periódico. Para eso necesitas ir con cresta y de rupturista, aunque no hayas roto con nada. 

“En la cocina el mansplaining es tremendo. En los congresos todos son hombres y todos han descubierto la pólvora.”

 

Seis años después de la publicación de Noches sin sexo que habla de feminismo pero también de soledad. ¿Se ha avanzado? ¿El coronavirus ha debilitado la agenda feminista?  

También hablo de la vulnerabilidad. Para mí no ha cambiado nada. Tuve la esperanza de que podría suceder. Parejas que, de repente, tenían que estar en casa y compartir el trabajo doméstico. Pero es que lo vulnerable no se cambia ni en seis días ni en seis años. Ojalá haya algún mecanismo que nos haga cambiar.

“Lo vulnerable no se cambia ni en seis días ni en seis años.”

 

Entonces, a pesar de todo, ¿eres optimista?

¡Pues depende del día! Quién sabe… A veces pienso que las guerras son de un día para otro. Hablé con un artista que había vivido la guerra de la ex-Yugoslavia y me contó cosas alucinantes. De un día para otro lo vistieron, lo metieron en un camión y lo pusieron de reserva para la guerra. De un día para para otro estalló una guerra. Jamás pensé que viviría un estado de alarma o un toque de queda. Por lo tanto, si somos muchas, todo puede cambiar.

En una ocasión estuve en Yemen, donde la política hacia la mujer es demoledora. Tienen unas zonas para mascar khat, dentro de casas, en las cuales sólo están los hombres, y nos vimos dos amigas rodeadas de hombres. Y entonces pensé ¿qué cojones hacemos aquí? Una amiga me decía que ellos se aburrían.  Pues que se sigan aburriendo solos. Me pareció una metáfora de la sociedad. Se aburren, te llaman y te ponen allí como un jarrón. Llevo muchos años dándole vueltas ¿qué cambiaría esto?¿Será el aburrimiento quizás el que dinamite todo esto? (se ríe).